Hay una delgada línea que puede marcar la diferencia entre la adherencia deportiva y el abandono. Entre el disfrute y el sufrimiento. Entre desarrollar un talento o perderlo. Y esto no pasa ni por los deportistas, ni el entrenador, en ocasiones, pasa por los padres. Mientras niños y jóvenes intentan resolver un partido, desde afuera se escuchan instrucciones, reclamos, críticas al árbitro y, muchas veces, comentarios dirigidos a los propios deportistas.
Algunos padres celebran cada acierto como si fuera un campeonato del mundo y viven cada error como una derrota personal. Sin darse cuenta, terminan jugando un partido distinto al que realmente importa y perjudicando a los verdaderos protagonistas, que son los deportistas o sus propios hijos.
Es entendible, puesto que ellos son quienes acompañan el proceso deportivo de un hijo, invirtiendo tiempo, recursos, un enorme sacrificio y una enorme carga emocional. Quieren verlo crecer, disfrutar y lógicamente, triunfar. El problema comienza cuando el deseo de apoyar se transforma en la necesidad de controlar el resultado. En ese momento, el deporte deja de ser un espacio para aprender y comienza a sentirse como un lugar donde equivocarse tiene consecuencias que van mucho más allá.
La psicología deportiva ha demostrado que los jóvenes rinden mejor cuando perciben un entorno seguro, donde el error forma parte del aprendizaje y el cariño no depende del resultado. Bajo este escenario, los adultos y los padres son los responsables de proporcionar este ambiente para favorecer un desarrollo óptimo. No son los responsables de manejar el resultado, no la justicia del encuentro, si no de educar a aprender a convivir con estas variables del deporte que son la característica de cada disciplina.
En estos días, mientras el Mundial nos muestra a las grandes figuras soportando una presión enorme frente a millones de espectadores, vale la pena mirar nuestra propia realidad de cada fin de semana en distintas canchas, gimnasios, pistas o piscinas. Quizás la diferencia, entre que un niño siga disfrutando del deporte o decida abandonarlo no esté en el talento, en el entrenador o en el resultado de un campeonato.
Tal vez dependa de algo mucho más simple: que al terminar el partido, antes de preguntar cuántos goles hizo o por qué falló una jugada, encuentre un abrazo y escuche una frase que nunca pierde vigencia: “Me encanta verte disfrutar de lo que haces”. Porque, al final del día, esa también es una forma de ganar.













