Basta con dar una vuelta por los pasillos de lácteos, panadería o snacks para notar que las etiquetas tradicionales han sido invadidas por un sello gigante: “High Protein” (alto en proteína). Hoy compramos leches, yogures, barras, panes e incluso productos de repostería que han sido modificados tecnológicamente para cumplir con una promesa implícita: si haces deporte, necesitas consumir más proteína y, si viene empaquetada en un envase brillante, mejor.
No obstante, como nutricionista ligada al deporte, observo esta tendencia con preocupación, pues hemos caído en el llamado “efecto halo de salud”, creyendo que un producto es nutritivo o mejorará nuestro rendimiento únicamente por llevar este macronutriente impreso en su portada.
La industria alimentaria ha encontrado un mercado altamente rentable en el sector deportivo, logrando posicionar productos de bajo valor nutricional como alternativas saludables. La evidencia científica sobre los alimentos en su estado natural nos invita a considerar que, al aislar la proteína de suero o de soya e incorporarla a postres o galletas, la estructura del alimento se modifica. Detrás de la etiqueta fit, la lista de ingredientes puede revelar que estos productos siguen conteniendo grasas refinadas, exceso de sodio y aditivos para enmascarar sabores.
Al final, el atleta puede terminar pagando el doble por un producto ultraprocesado que no necesariamente ofrece un mayor valor nutricional y que, dependiendo de su composición, puede resultar menos conveniente que otras alternativas.
Más allá del gasto económico, esta obsesión puede provocar un desequilibrio en la alimentación y afectar el rendimiento físico. Diversas investigaciones en el ámbito de la fisiología del ejercicio han demostrado que la respuesta de la síntesis de proteína muscular tiene un límite por comida, que puede situarse aproximadamente entre 0,4 y 0,55 gramos de proteína por kilo de peso corporal, aunque varía según la persona y el contexto.
Una vez cubierta la cantidad necesaria para estimular esta síntesis, consumir más proteína en esa misma comida no implica necesariamente generar más masa muscular. El excedente puede utilizarse como fuente de energía o destinarse a otras funciones del organismo.
Mientras tanto, al saturar la dieta con estos productos, se corre el riesgo de desplazar a uno de los verdaderos protagonistas del rendimiento deportivo: los carbohidratos, fundamentales para reponer y mantener las reservas de glucógeno muscular. Como consecuencia, al entrenar en el gimnasio, practicar CrossFit o jugar un partido de fútbol con los depósitos de glucógeno bajos, por haber priorizado la proteína comercial por sobre otras fuentes de energía, la fatiga puede aparecer mucho antes y la capacidad de mantener la intensidad del esfuerzo puede disminuir.
Por todo esto, el veredicto es claro: la proteína es fundamental para la recuperación y el desarrollo de la masa muscular, pero la mejor estrategia sigue siendo obtenerla principalmente a través de una alimentación variada y equilibrada. Alimentos como los huevos, el pescado, el pollo, las legumbres, las carnes magras y los lácteos tradicionales aportan proteínas junto con vitaminas, minerales y otros nutrientes que contribuyen a una buena alimentación. Ningún ingrediente aislado reemplaza por sí solo todos los beneficios de una dieta equilibrada.
Aunque los suplementos y los alimentos fortificados pueden ser herramientas útiles cuando el tiempo escasea o las necesidades nutricionales son difíciles de cubrir, para la mayoría de las personas que practican deporte la regla de oro no cambia: si quieres rendir más y recuperarte mejor, invierte menos en el pasillo de los productos fit y más en los alimentos de toda la vida.













