Desde este 9 de noviembre, Mendoza será escenario de una nueva edición de los Juegos Binacionales de Integración Andina Cristo Redentor, una competencia que reunirá a jóvenes deportistas de Chile y Argentina en nueve disciplinas deportivas. La Región del Maule estará representada por una delegación de 183 integrantes, entre ellos 141 deportistas que tendrán la oportunidad de competir internacionalmente y vestir los colores de su región.
Para quienes hemos tenido la oportunidad de participar desde distintos espacios en este proceso, estos Juegos también representan la continuidad de un importante trabajo regional. El año pasado, cuando el Maule tuvo la responsabilidad de organizar esta competencia, pude participar activamente como funcionario del IND en la comisión de investigación, conversatorios y antidopaje, donde, junto a un destacado colega, realizamos una investigación científica vinculada a la experiencia de los deportistas. Actualmente, el proceso de elaboración de este trabajo se encuentra en su etapa final, con miras a una futura publicación.
Esta experiencia permitió observar que, detrás de una competencia de esta magnitud, existe un trabajo que va mucho más allá de la organización deportiva. Y es precisamente allí donde aparece una dimensión que pocas veces recibe la misma atención que la preparación física o técnica: la psicológica.
Representar a una región no es una responsabilidad menor, especialmente cuando hablamos de deportistas jóvenes que se encuentran en pleno proceso de formación. Surgen expectativas personales, familiares y deportivas; el deseo de obtener buenos resultados, el orgullo de representar a sus comunas y, en muchos casos, la posibilidad de demostrar todo el trabajo realizado durante años. Hace un par de semanas tuve la oportunidad de trabajar en una sesión de psicología del deporte con la selección regional masculina de balonmano, que se prepara para esta competencia.
En ese espacio pudimos abordar precisamente algunos de estos desafíos: la confianza, la cohesión grupal, las expectativas y la preparación psicológica para competir.
Desde la psicología del deporte sabemos que aprender a gestionar las expectativas, regular la ansiedad competitiva y mantener la concentración son habilidades que pueden marcar diferencias en momentos decisivos. No se trata de eliminar los nervios ni de exigirles que compitan sin presión, sino de entregarles herramientas para desenvolverse de la mejor manera posible a pesar de ella.
Hay otro aspecto que me parece especialmente importante: entender que estos Juegos no solamente representan una competencia, sino también una experiencia de aprendizaje. Viajar, convivir con otros deportistas, adaptarse a nuevos escenarios, enfrentar rivales desconocidos y compartir durante varios días con una delegación implica desafíos que van mucho más allá de lo estrictamente deportivo.
En ese contexto se desarrollan habilidades como la autonomía, la tolerancia a la frustración, la capacidad de adaptación y el trabajo en equipo. Incluso una derrota puede convertirse en una experiencia formativa si el deportista cuenta con un entorno que le permita comprenderla y transformarla en aprendizaje. Por eso, el resultado no debería ser el único indicador para evaluar el éxito de una participación deportiva.
Aquí también existe una responsabilidad importante para entrenadores, dirigentes y familias. Muchas veces, con la mejor de las intenciones, transmitimos a los jóvenes que representar a una región significa necesariamente obtener una medalla o conseguir un determinado resultado. Sin embargo, debemos tener cuidado con las expectativas que depositamos sobre ellos. El acompañamiento debería orientarse a reforzar la confianza, valorar el esfuerzo y ayudar a que cada deportista se concentre en aquello que puede controlar: su preparación, su actitud, sus decisiones y su compromiso competitivo.
El objetivo no es restarle importancia a ganar, porque competir implica buscar el mejor resultado posible, sino evitar que el resultado termine definiendo el valor de toda una experiencia o, peor aún, el valor personal del deportista.
Los Juegos Binacionales son una oportunidad para que el Maule siga proyectando su talento deportivo y fortaleciendo sus procesos formativos. Pero también deberían invitarnos a ampliar nuestra manera de entender el desarrollo deportivo regional. La experiencia de haber participado en la organización de estos Juegos y, más recientemente, de acompañar la preparación psicológica de uno de sus equipos representantes refuerza una convicción: necesitamos deportistas que aprendan a competir, pero también jóvenes capaces de enfrentar la frustración, gestionar sus emociones, confiar en sus capacidades y disfrutar del camino que han elegido.
Las medallas serán importantes y seguramente celebraremos cada logro de nuestros representantes, pero no olvidemos que el verdadero impacto de estos encuentros también se mide en las experiencias, los aprendizajes y las herramientas que cada joven se lleva de regreso a casa.
Desde esta tribuna, les deseo todo el éxito a los deportistas, entrenadores y, especialmente, a mis colegas que este domingo viajan a Mendoza. Que sea una linda experiencia.
¡Vamos, Maule!













