Tras varios partidos desde el arranque del año, ya es momento de hacer un análisis de lo que ha mostrado Rangers en esta temporada. Y la verdad es que ha sido uno de los peores inicios del club en mucho tiempo. Esto, por supuesto, no ocurre por azar ni puede explicarse solo por una mala racha. Al contrario, obliga a mirar más en profundidad para entender por qué Rangers está hoy donde está.
Rangers no se encuentra en esta situación por casualidad. No es simplemente mala suerte, ni se reduce a bajos rendimientos individuales, ni tampoco es responsabilidad exclusiva del entrenador de turno —aunque han pasado varios en los últimos años—. Lo que sucede hoy en Rangers viene incubándose desde hace tiempo, lejos de la cancha, en un espacio donde debería haber claridad, planificación y criterio, pero donde en la práctica ha predominado la improvisación y una gestión casi amateur de un club profesional.
En los últimos años, el club ha funcionado sin una estructura deportiva sólida. Han pasado distintos gerentes deportivos que, en los hechos, terminan cumpliendo múltiples funciones a la vez: gerente, secretario técnico, encargado de scouting, negociador y muchas otras tareas más. Todo esto está muy lejos de un organigrama deportivo moderno. Y en el fútbol actual eso no es un detalle menor; de hecho, creemos que ahí está precisamente el problema.
Hoy, el fútbol profesional se construye sobre tres pilares fundamentales: una secretaría técnica que dé continuidad a un trabajo planificado, un sistema de scouting que reduzca el margen de error y el uso de información —datos, seguimiento de jugadores, análisis— para tomar mejores decisiones. Rangers no ha contado con nada de eso de manera consistente, aunque no se puede negar que sí ha invertido en plataformas que, al parecer, no han funcionado, como Wyscout, entre otras. Y cuando no hay estructura, lo que queda es la intuición, la urgencia y el corto plazo. Peor aún, se termina recurriendo a los jugadores conocidos, a los “amigos de los amigos” o a quienes tienen mejor relación con el dirigente o el técnico de turno.
Actualmente, se fichan jugadores más por oportunidad de mercado o por rendimiento en temporadas pasadas que por convicción. El plantel se arma en función de lo que aparece disponible y no de lo que realmente se necesita. No existe una línea clara que permita entender a qué quiere jugar el club, qué modelo de juego quiere sostener año a año, más allá de la propuesta puntual de cada entrenador. Así, temporada tras temporada, se repite el mismo ciclo: renovación, ilusión, desajuste, frustración… y vuelta a empezar.
De hecho, en los últimos seis años han pasado más de diez entrenadores distintos, todos con modelos de juego diferentes: algunos ofensivos, otros más resultadistas; unos con juego posicional, otros con un estilo mucho más directo. En definitiva, todos con ideas muy distintas entre sí. Eso deja en evidencia que en el club no está claro a qué se quiere jugar, cuál es el sello que debería identificar a Rangers y conectar con su hinchada. Y ese debiera ser el punto de partida.
Las consecuencias de esta falta de claridad y planificación están a la vista: planteles desbalanceados, donde sobran características en algunas posiciones y faltan en otras; jugadores que no logran complementarse; equipos que no generan sociedades dentro de la cancha porque, simplemente, no fueron pensados para jugar juntos. Son futbolistas que pueden tener condiciones individuales, pero no necesariamente conforman un buen equipo.
A eso se suman los constantes cambios de dirección técnica, que no hacen más que exponer un problema mucho más profundo: la ausencia de un proyecto que esté por encima de los nombres. En la práctica, la nueva dirigencia presentó una idea de proyecto, pero los hechos han demostrado que ese proyecto comenzó fallando, con un plantel claramente descompensado, poca intención de invertir y errores importantes en la elección de jugadores en puestos donde no se podía fallar.
Y eso, desde adentro, se percibe. El jugador siente cuando hay coherencia en la construcción del plantel. Se nota en los automatismos, en las conexiones, en la claridad de los roles. Cuando eso no existe, el equipo no solo juega mal: compite mal o, derechamente, deja de competir. Y eso no es un problema de actitud, sino de diseño estructural, que es precisamente la tarea que una gerencia deportiva, en conjunto con una secretaría técnica, debería desarrollar.
Mientras tanto, Rangers sigue sufriendo en la categoría de plata como consecuencia de las malas decisiones que sus directivos han tomado durante años. Hoy, los clubes que logran sostenerse en el tiempo y alcanzar resultados no son necesariamente los que más gastan, sino los que mejor planifican y deciden. Muchos de ellos cuentan con áreas deportivas profesionalizadas, perfiles definidos por posición, seguimiento permanente de jugadores y una idea de juego institucional que ordena todo lo demás. Es decir, eligen jugadores y entrenadores en función de un proyecto deportivo. No improvisan ni traen al jugador o técnico de moda si este no encaja en su modelo de juego.
En ese contexto, el rol del gerente deportivo es fundamental. No se trata solo de traer jugadores o reaccionar a los resultados. Su función principal es construir una estructura que permita tomar mejores decisiones de manera sostenida: diseñar un sistema y, a partir de ahí, darle al club una identidad y una dirección que trascienda a los entrenadores y futbolistas del momento. Y ahí es donde, a juicio del suscrito, Rangers ha fallado. Rangers hoy no tiene identidad, sentido de pertenencia ni líderes que conozcan lo que es Rangers —como dice su himno: arraigo y tradición—.
La solución no pasa por cambiar nombres todos los años. Tampoco se arregla despidiendo al gerente deportivo de turno, que muchas veces termina siendo víctima de una organización deficiente. La solución pasa por construir algo que hoy no existe: una secretaría técnica real, un sistema de scouting, una metodología de análisis, perfiles futbolísticos y emocionales claros y, sobre todo, un modelo de juego transversal que ordene al club de abajo hacia arriba. Eso permitiría reducir la improvisación y la incertidumbre, teniendo claro qué tipo de jugadores y entrenadores se necesitan.
Contrario a lo que muchos creen, esto no se trata de gastar más, sino de decidir mejor, de planificar y de dejar de improvisar. Porque mientras Rangers no profesionalice su estructura deportiva, seguirá atrapado en el mismo ciclo de siempre: ilusión en enero, frustración a mitad de año y reinicio en diciembre, con cambio de entrenador y renovación del plantel… si es que esa crisis no explota antes, como ya ha pasado tantas veces.
Todo esto confirma de manera clara que el verdadero problema no está en la cancha, aunque inevitablemente termine reflejándose ahí. Porque un equipo de fútbol también es un estado de ánimo. Y cuando el estado de ánimo institucional no es el adecuado, todo termina afectando a quienes juegan y a quienes alientan, mientras quienes toman las decisiones continúan improvisando año tras año.














