Siempre que existen problemas puntuales con deportistas relacionados a lo personal, emocional o mental, surge el debate de la salud mental, la preparación para aquello y la importancia de la psicología en el deporte. Se alzan voces mediáticas, de hinchas o seguidores de los deportes y, al cabo de unos días, esta efervescencia o exigencia sobre la importancia de estos temas, mágicamente se diluye… como si a todos se les olvidara de un día para otro, o como si el problema se hubiera acabado, pero aunque se olvide y salga de las planas mediáticas, generalmente el problema sigue ahí.
Muchas veces se sigue entendiendo a la psicología deportiva como un parche ante situaciones puntuales o emergentes, donde debe atacar el problema, solucionarlo y ya está. Como una especie de bombero emocional que debe apagar el incendio y ya está. Ese es el error más importante, y que suelen cometer clubes, instituciones, medios, ¡incluso entrenadores o deportistas! y todo lo que rodea el deporte.
Es por ello el título. Quizás no todos los deportistas necesitan un psicólogo de manera permanente, porque no todos tienen dificultades emocionales, ansiedad, depresión u otros trastornos, pero todos los clubes necesitan un psicólogo, sin excepción, que forme parte de su estructura, de su planta, que sea una parte institucional, independiente de entrenadores o dirigentes de turno, porque el rendimiento y el bienestar mental no solo es físico, técnico o táctico, también es mental. Y lo mental debe ser parte de la cultura de una institución, tal como lo ha ido haciendo en mayor medida la kinesiología, con la prevención de lesiones (no solo atender al lesionado) y en menor medida, la nutrición y psicología. La salud mental, así como la alimentación, debe ser parte de la estructura, debe ser preventiva y debe abogar por evitar antes que solucionar en crisis.
Un club no es únicamente un plantel de jugadores. Son funcionarios de diversas áreas, son personas que tienen problemas, familias, y sus propios mundos Es un sistema de liderazgo, jerarquías, relaciones sociales, normas, estilos de comunicación y formas de gestionar el error. Es un entorno que puede potenciar o deteriorar la confianza, la motivación y la claridad mental… y todo eso se traduce en la cancha. Todo lo mencionado anteriormente es la cultura que se enmarca en un sistema dinámico, donde todos deben coexistir de la manera más sana y amigable posible.
La mayoría de las crisis no aparecen de la nada. Se gestan en climas donde no hay espacios para hablar, donde la presión se acumula y donde el rendimiento se mide únicamente en función del resultado. El espectador suele ver el resultado final. El gol que fallado. La desconcentración defensiva. El gesto de frustración. Pero detrás de esa escena hay procesos invisibles: carga emocional, tensiones internas, dinámicas de camarín y del día a día, expectativas desalineadas, entre otros temas.
Un club que trabaja psicológicamente de forma preventiva reduce conflictos, mejora cohesión y toma mejores decisiones, organizando así sus exigencias, bajo un marco trabajado, que todos conocen, que tiene una estructura que lleva a resultados. No todos los deportistas necesitarán terapia. Pero todos los clubes necesitan asumir que compiten también en el terreno psicológico, entonces la pregunta es, ¿Están todas las instituciones dispuestas a asumir que el rendimiento no es individual, sino colectivo?














