En columnas anteriores, hemos abordado un tema del que poco se escribe en las columnas deportivas: “El fútbol amateur”. Específicamente en cuanto al futbolista y las Asociaciones.
Y, en ese contexto, existen actores en el balompié mundial y nacional, que muchas veces no son reconocidos o que a veces son incluso pocos valorados y esos son, los entrenadores de mundo amateur. Sin duda, la entrega silenciosa y anónima no es conocida o valorada, pero son fundamentales para que exista.
Esos que no salen en la televisión, no tienen un pago mensual, ni cámaras en la banca. Esos que hacen magia con un par de conos, un silbato, un cuaderno lleno de apuntes y un grupo de cabros que vienen con el corazón lleno, un montón de ilusiones y ganas de jugar al fútbol.
Quien les habla, ha vivido esta realidad, con matices muy similares. Lo veo cada semana en canchas de distintas comunas de la región, en clubes que sobreviven de forma increíble, que nadie les regala nada, no tienen financistas o inversionistas y deben solventar sus gastos con rifas y la venta de comida.
En muchos de esos equipos ni siquiera tienen una pelota decente para calentar. Y aun así, los jugadores van, juegan y se entregan al máximo por el equipo. Porque, para el suscrito, el fútbol, cuando es real, se alimenta de ganas, de amor, no de presupuesto o amor al pago por partido.
El estratega amateur no solo debe ser un técnico, debe escuchar, aconsejar y poner de su propio bolsillo para apoyar en alguna situación. Enseña a perder sin rendirse y a ganar sin volverse locos. En instante, hace de amigo, de psicólogo, de paramédico, de consejero sentimental.
Motivar semana a semana a un grupo heterogéneo de personas sin herramientas ni presupuesto es un desafió gigante. Y todo eso sin recibir un peso, más que la gratificación de la alegría que genera el deporte rey.
En cada barrio hay uno. Ese viejo que recuerda con mucha nitidez recuerdos de sus partidos en la juventud. Ese joven que tiene espíritu de entrenador y que siempre le ha gustado el fútbol, alucina con ser DT desde que veía partidos cuando era niño.
Y, sobre todo, ese loco lindo que sigue creyendo que a través del fútbol se pueden cambiar vidas, que busca dejar un poco de él, en cada jugador. El fútbol no discrimina y siempre tiene sitio cuando alguien quiere disfrutar de su pasión.
En cuanto al sistema, y la organización del fútbol amateur, su forma de actuar no ayuda mucho a que se nivele para arriba. Las municipalidades ayudan a unos pocos clubes, las ligas locales, funcionan como pueden, con un precario conocimiento de los reglamentos y su aplicación práctica.
Y, mientras tanto, los adiestradores amateurs, esos que nacen del amor al fútbol y de las ganas de transmitir sus conocimientos siguen ahí, sosteniendo sueños que nadie más quiere cargar. Sin lugar donde entrenar, sin cancha, sin luz, sin agua, y con muchas precariedades que solo quienes se encuentran dentro de un Club conocen.
Pero hay algo que el entrenador amateur si tiene dignidad y amor. Un amor al fútbol que no entiende de planillas Excel, de mucha planificación, ni redes sociales. Porque entrenar en el barrio es resistir. Es creer que el talento no está en la élite, sino en la esquina y que esos jóvenes que un día juegan en esos pastos podrán dar el salto ser profesionales y acordarse de quien fue su “profe” como les gusta llamarlos. Y que, si logramos que un niño no se pierda en la droga o en la dinámica de la sociedad actual, solo por haber encontrado un equipo y un lugar donde se siente querido, valorado y respetado, ya sentimos que ganamos.
Punto aparte es la violencia que existe en el fútbol actual, semana tras semana podemos ver como en diferentes canchas, la violencia secuestra los recintos y se lleva las portadas de las redes sociales. Luchar contra eso y recuperar los valores intrínsecos de la actividad, también debe ser una labor que el entrenador amateur debe cumplir, solo así podrá ser reconocido como un ser íntegro y transmitir un poco de los valores y principios perdidos.
Esos que los “viejos cracks” un día conocieron y que se han transmitido siempre, de generación en generación, “compañerismo”, “honestidad”, “amor por la camiseta” y “amistad”, parecen estar en el olvido.
Es el entrenador el que debe recordar que el otro no es tu enemigo mortal y que, después de los 90 minutos cuando el árbitro toca el final, volvemos a ser amigos, hermanos, familiares, vecinos, y que en nuestra casa nos esperan sanos y salvos.
Porque el balompié debe ser disfrutar, respeto y alegría, o al menos, para quien habla, así debería ser, aunque la realidad, a veces, diga algo muy distinto.














