La puntería no es fruto del azar. Detrás de cada lanzamiento certero existe una metodología de trabajo diario, entrenamiento constante y una convicción profunda de que el progreso se alcanza con esfuerzo.
Cada vez que dirijo o enseño a niños y jóvenes, insisto en esa idea. El básquetbol actual es mucho más agresivo y dinámico que el de antes; las oportunidades de lanzar son escasas y, cuando aparecen, hay que estar preparados para convertir.
Un jugador que no anota termina generando un déficit para su equipo. Hoy existe el scouting: los rivales estudian cómo juegas y, si detectan que no conviertes, pueden relajarse en la marca y enfocarse en otras situaciones de juego.
Por eso estoy convencido —y lo he conversado incluso con mi hermano Patricio— de que el primer fundamento que debe enseñarse es el lanzamiento. Cuando un jugador posee un buen tiro, todo lo demás comienza a fluir: los pases, el dribling, las tareas ofensivas y defensivas. El lanzamiento abre puertas y genera confianza.
Nosotros tuvimos la oportunidad de desarrollarlo a base de repetir una y otra vez. Lanzábamos todo el día; la práctica permanente fue la clave de nuestro crecimiento. Y, paradójicamente, en esos años era más difícil que hoy. Muy pocas familias podían acceder a un aro o un tablero, y contar con un espacio propio para entrenar era un privilegio poco común.
Hoy las condiciones han cambiado y existen más herramientas para aprender. Sin embargo, la esencia sigue siendo la misma: sin disciplina ni constancia no hay talento que alcance. El básquetbol —como la vida— premia a quienes se preparan cuando nadie los ve.
Porque al final, la puntería no se hereda ni se improvisa; se construye día a día, lanzamiento tras lanzamiento.














