Arbitrar en el Campeonato Mundial de Taekwondo Sub 21, realizado en Nairobi, Kenia, fue mucho más que una experiencia profesional: fue un recordatorio del alcance real que tiene el deporte cuando se vive con vocación, disciplina y respeto.
Ser parte de este evento inaugural de la categoría U21 significó asumir una responsabilidad enorme, no solo por el nivel competitivo, sino porque representa el puente entre la formación y el alto rendimiento.
En esa transición, el rol del arbitraje es clave: garantizar juego limpio, criterios unificados y, sobre todo, confianza para que los deportistas puedan expresarse en plenitud sobre el tatami.
Desde Talca, nunca imaginé que el camino del taekwondo me permitiría arbitrar en África, completando así experiencia en todos los continentes del mundo, con la sola excepción de la Antártida.
Más allá de la anécdota, este recorrido habla de oportunidades que se construyen con constancia, estudio y compromiso.
El taekwondo no solo enseña técnicas de combate; forma carácter, criterio, autocontrol y respeto. Ver a jóvenes de distintas culturas competir bajo las mismas reglas, con iguales exigencias, confirma que el deporte es uno de los lenguajes más universales que existen.
Esta experiencia en Kenia reafirma mi convicción: el arbitraje no es un rol secundario, es una pieza esencial del desarrollo deportivo. Y desde Chile, seguimos demostrando que el talento, la preparación y la vocación pueden cruzar cualquier frontera.














