Cuando Rangers comenzó a ganar, después de una temporada que, por momentos, parecía completamente encaminada al fracaso, fue inevitable pensar que algo había cambiado. No solamente por los resultados, sino también por la manera en que el equipo empezó a competir. Se vio otra actitud, mayor compromiso, más intensidad y, sobre todo, una sensación de que el plantel había recuperado la confianza.
Se habla de una conversación entre cuerpo técnico jugadores y dirigentes, y es que si esto fuera verdad, ese momento pareció marcar un punto de quiebre donde el equipo necesitaba desesperadamente encontrar una razón para volver a creer.
A partir de ahí aparecieron también todos esos elementos que rodean al fútbol y que, aunque muchas veces parecen secundarios, terminan formando parte importante de la convivencia de un plantel y de la idiosincrasia de los equipos, las famosas “Cábalas”.
La camiseta blanca, los cambios de look, el buzo del cuerpo técnico, la ausencia de la bufanda de Basay y hasta las versiones sobre una limpieza energética realizada por un mago denominado Jahir Yusef comenzaron a instalar una especie de nuevo relato alrededor del equipo.
Y Rangers y su gente necesitaba eso, volver a creer que se podía. Durante buena parte del campeonato se vio un equipo golpeado, inseguro y muchas veces atrapado por sus propios errores. Por eso las cuatro victorias consecutivas tuvieron un valor enorme. No solamente entregaron puntos fundamentales en la lucha por la permanencia, sino que también permitieron recuperar una confianza que parecía completamente perdida. Hubo jugadores que levantaron su nivel, otros que recuperaron protagonismo y un equipo que volvió a competir con una intensidad que hacía tiempo no se veía.
En ese sentido, las cuatro victorias tuvieron muchísimo mérito, pero también dejaron algunas señales que no siempre fueron analizadas con la misma rigurosidad En varios partidos quedó la sensación de que desde el banco no aparecían respuestas rápidas cuando el desarrollo comenzaba a cambiar. Hubo momentos donde el equipo necesitaba algo distinto y las modificaciones demoraron demasiado, y otros donde el rival comenzó a ganar terreno sin que Rangers modificara demasiado su estructura. Mientras se ganaba, eso no se analizaba, sin embargo, el problema apareció cuando enfrente hubo un rival capaz de explotar esas debilidades.
Eso fue lo que ocurrió frente a Deportes Iquique. Rangers volvió a mostrar varios de los problemas que evidenció el primer semestre. Se vio lento, impreciso, un equipo largo con mucha distancia entre sus líneas y con pocas ideas cuando tuvo que asumir una mayor responsabilidad con la pelota. Le costó encontrar superioridades en el mediocampo, no consiguió imponer el ritmo y tuvo demasiadas dificultades para generar situaciones claras cuando Iquique decidió cerrar los espacios y jugar con muchos hombres detrás de la línea del balón.
El cuadro iquiqueño, de la mano de un entrenador que conoce la categoría, Hernán Peña, entendió bien el partido. Bajó el ritmo cuando le convenía, cerró los espacios interiores y obligó a Rangers a circular muchas veces por zonas donde no hacía daño. Cada vez que el equipo rojinegro intentaba acelerar, encontraba pocas líneas de pase y demasiados oponentes ocupando los espacios importantes.
Cuando buscaba progresar por fuera, muchas veces terminaba demasiado lejos del área, y cuando intentaba hacerlo por dentro, aparecía una defensa adversaria bien agrupada que reducía al mínimo los espacios. No obstante ello, se encontró con el empate y de ahí en más el envión anímico hizo que se generara ocasiones claras de gol y que el equipo volviera a confiar, hasta que llegó el mazazo final y con ello la fe y las ganas parecieron desaparecer.
Ahí quedó demostrada una de las principales dificultades que tiene este Rangers, no modificar cuando el plan inicial no funciona, cuando el equipo rival te plantea un partido distinto o explota zonas débiles de tu equipo. Ese probablemente sea uno de los mayores desafíos que tendrá Ivo Basay durante lo que queda de campeonato, porque una cosa es preparar un partido y otra muy distinta es modificar mientras se está jugando. Los partidos rara vez se desarrollan exactamente como se imaginan durante la semana y ahí comienza a tener importancia la capacidad de lectura del cuerpo técnico, durante el encuentro.
El fútbol actual ofrece muchas alternativas para cambiar un partido sin necesidad de modificar completamente la idea. Se puede adelantar la última línea, cambiar las alturas de los volantes, cerrar a un extremo, sumar un hombre por dentro, modificar la presión o incluso cambiar la estructura ofensiva. También están las cinco sustituciones, que entregan una posibilidad cierta de intervenir cuando algo no está funcionando.
El dilema es que los cambios no siempre deben entenderse solamente como un reemplazo de un jugador por otro, como viene siendo la tónica del cuerpo técnico actual. Esto invariablemente termina afectando emocionalmente a los jugadores. Cuando no aparecen respuestas colectivas, cada futbolista comienza a intentar resolver por su cuenta.
Los delanteros se desconectan, los volantes empiezan a llegar tarde y los defensores quedan expuestos a recorrer demasiados metros hacia atrás. En pocos minutos, un equipo que venía funcionando como bloque puede volver a convertirse en un conjunto largo y partido.
Por eso, para quien escribe la derrota frente a Iquique no significa que todo lo bueno que había ocurrido antes haya sido una ilusión. Sería injusto pensar que las cuatro victorias fueron solamente producto de una racha favorable o de circunstancias externas. El Rojinegro cambió su actitud, mejoró su rendimiento individual y recuperó una fortaleza emocional que necesitaba con urgencia.
El equipo volvió a competir y demostró que todavía tiene argumentos para pelear por la permanencia, pero actualmente el funcionamiento sigue dependiendo demasiado de determinados nombres y características. La ausencia o el bajo rendimiento de un jugador puede modificar mucho más de lo recomendable la estructura colectiva. Un defensor con menor velocidad puede obligar a retroceder varios metros la última línea.
Un volante que pierde los segundos balones puede dejar al equipo completamente partido. Un delantero que no participa de la presión puede facilitar demasiado la salida rival y obligar a todos los compañeros a correr hacia atrás.
Eso demuestra que el once titular de Rangers sigue teniendo muy poco margen de error. Cuando todas las piezas funcionan, el equipo puede competir y ganar. El problema aparece cuando una o dos bajan su rendimiento, o no están disponibles y no existen alternativas capaces de mantener el mismo equilibrio.
En una lucha por la permanencia, donde cada partido tiene una enorme carga emocional y donde las lesiones, suspensiones y bajones de rendimiento son inevitables, la profundidad del plantel termina siendo fundamental.
En esos escenarios será fundamental el trabajo de Basay y su cuerpo técnico. No solamente para elegir correctamente a los once titulares, sino también para interpretar el partido una vez que comienza. Los encuentros cambian constantemente. Puede aparecer un gol tempranero, una lesión, una expulsión, una amarilla que condicione a un defensor o un rival que cambie de sistema. Ahí se necesita capacidad de reacción.
Rangers necesita que las modificaciones lleguen cuando todavía pueden alterar el desarrollo y no solamente cuando el partido ya está prácticamente perdido. También necesita que los cambios tengan una intención futbolística clara. Si el mediocampo está siendo superado, habrá que reforzarlo. Si el rival está demasiado replegado, será necesario sumar jugadores entre líneas. Si el equipo está demasiado largo, deberá volver a juntar sus bloques. La clave no será solamente hacer cambios, sino entender qué necesita el partido.
La camiseta blanca pudo transformarse en un símbolo importante, la limpieza energética pudo ayudar a instalar un ambiente distinto y aquella conversación interna seguramente tuvo un impacto real en la mentalidad del plantel. Todo eso puede aportar cuando un equipo está golpeado y necesita reconstruir su confianza. El fútbol tiene una dimensión emocional demasiado grande como para ignorarla.
Quizás lo peor que podría haber ocurrido después de cuatro victorias consecutivas era creer que todo estaba solucionado. No era así. Rangers todavía tiene mucho que corregir, sigue dependiendo demasiado de ciertos jugadores y continúa mostrando dificultades cuando debe modificar un partido desde el banco.
La gran diferencia es que ahora existe una base desde donde construir. La confianza volvió, el camarín parece mucho más convencido y la gente también recuperó una esperanza que parecía perdida. La verdadera evolución de Rangers no se va a medir solamente cuando todo salga bien.
Se va a medir cuando el rival le complique el partido, cuando el plan inicial no funcione, cuando un jugador importante tenga una mala tarde o cuando sea necesario modificar completamente el desarrollo sobre la marcha. Ahí se verá cuánto creció realmente este equipo.
El equipo recuperó la fe, pero ahora necesita recuperar la capacidad de variar. Porque para mantenerse en la categoría no alcanzará solamente con energía, cábalas o una camiseta blanca. Todo eso puede acompañar, unir y fortalecer al grupo, pero cuando la pelota comienza a rodar el fútbol exige algo más. Y Rangers tendrá que hacerse fuerte y encontrar soluciones antes de que los partidos se le escapen.













