¿Estamos buscando talentos o simplemente seleccionando a quienes hoy parecen ser los mejores?
En el deporte existe una tentación difícil de evitar, mirar los resultados y sacar conclusiones rápidas. El que corre más rápido, salta más alto, tiene mejor condición física o gana con mayor frecuencia suele ser considerado, casi automáticamente, como “talentoso”. Es una asociación comprensible, pero también peligrosa.
Porque rendimiento y talento no son necesariamente sinónimos. Cuando hablamos de talento deportivo, debemos asumir una realidad mucho más compleja. No existe una característica única que permita identificar con certeza quién será un deportista exitoso en el futuro. El talento se expresa a través de múltiples dimensiones tales como física y biológica, técnica y perceptiva, psicológica y social-contextual. Además, su importancia puede variar según el deporte, la edad, la etapa de desarrollo y las oportunidades que tenga cada deportista.
Pensemos, por ejemplo, en cuatro jóvenes de 13 años. Uno destaca extraordinariamente en las pruebas físicas y obtiene los mejores resultados competitivos. Otro posee una técnica sobresaliente, aunque presenta una condición física inferior a la de sus compañeros. Un tercero aprende movimientos nuevos con una rapidez notable, mientras un cuarto mantiene un rendimiento medio, pero evidencia una gran motivación, constancia y una progresión sostenida durante el último año.
Entonces surge la pregunta inevitable, ¿quién tiene más talento?.
La respuesta no debería ser tan sencilla. Si nuestra decisión se limita a una prueba física o al resultado competitivo del momento, probablemente elegiremos al primero. Pero si entendemos el talento como una capacidad de desarrollo, la fotografía cambia. El deportista que hoy ocupa el primer lugar no necesariamente será quien tenga la mayor progresión mañana.
Y, aquí aparece uno de los principales desafíos para quienes trabajan en iniciación y formación deportiva. Aprender a distinguir entre lo que un deportista es hoy y aquello que puede llegar a ser.
La literatura especializada ha planteado precisamente esta necesidad. Williams y Reilly, desde un enfoque multidisciplinario, integran dimensiones antropométricas, fisiológicas, psicológicas y sociológicas, advirtiendo que no es posible aislar una característica única que permita predecir de manera confiable el éxito futuro. Abbott y Collins, por su parte, plantean el talento como un proceso dinámico, donde identificación y desarrollo se encuentran estrechamente relacionados.
Esto obliga a cambiar una lógica profundamente instalada en algunos espacios deportivos, dejar de buscar únicamente al “mejor” y comenzar a identificar potenciales trayectorias de desarrollo. No significa ignorar el rendimiento. Al contrario. El rendimiento es una fuente de información relevante. El problema aparece cuando lo convertimos en la única fuente de información.
Un deportista puede tener condiciones físicas extraordinarias, pero también puede encontrarse en una etapa de maduración adelantada respecto de sus compañeros. Otro puede presentar inicialmente resultados modestos, pero aprender rápidamente, responder favorablemente al entrenamiento, mostrar capacidad de adaptación y sostener una motivación que le permita progresar durante años.
Por eso, detectar talento exige observar más que una marca, un resultado o una clasificación. También implica preguntarse cómo aprende, cómo responde al entrenamiento, cómo toma decisiones, cómo enfrenta las dificultades, qué oportunidades ha tenido y qué condiciones existen en su entorno para que pueda desarrollarse.
El contexto también juega en este tipo de casos como, la familia, oportunidades, calidad del entrenamiento, acceso a recursos y condiciones sociales pueden favorecer o limitar la expresión del potencial. Por eso, dos deportistas con características similares pueden recorrer trayectorias completamente diferentes.
Esta mirada también nos obliga a diferenciar conceptos que muchas veces utilizamos como si fueran equivalentes. Detectar no es lo mismo que identificar, identificar no es seleccionar y seleccionar tampoco significa desarrollar.
La detección busca reconocer indicios de potencial. La identificación implica un proceso más sistemático. La selección supone tomar una decisión de acuerdo con determinados criterios. Pero el desarrollo es otra cosa, es el proceso longitudinal mediante el cual ese potencial puede transformarse en rendimiento a través del aprendizaje, el entrenamiento, el acompañamiento y las oportunidades. Por eso, seleccionar no debería ser el punto final.
Una de las mayores equivocaciones sería creer que una decisión tomada a los 11, 12 o 13 años puede determinar definitivamente el futuro deportivo de una persona. El desarrollo no ocurre de manera lineal y tampoco todos maduran al mismo ritmo.
Medir una sola vez, utilizar un único criterio, confundir maduración con talento o ignorar la respuesta al entrenamiento son algunos de los errores que pueden provocar que determinados deportistas queden invisibilizados por los sistemas de selección.
Y aquí aparece una dimensión que considero especialmente relevante, estamos hablando de la responsabilidad de quienes toman decisiones sobre jóvenes deportistas.
Cuando seleccionamos a un niño o adolescente no solamente entregamos un cupo. También estamos enviando un mensaje sobre sus posibilidades. Del mismo modo, cuando dejamos a alguien fuera, existe el riesgo de que interprete esa determinación como una sentencia sobre su capacidad futura.
Por eso, la interrogante profesional no debería ser únicamente “¿quién rinde mejor?”, sino también. ¿qué información tenemos?, ¿qué potencial estamos observando?, ¿qué sesgos puede contener nuestra evaluación?, y, sobre todo, ¿qué posibilidades de desarrollo estamos ofreciendo?.
Una buena identificación del talento debería ser específica para las demandas del deporte, sensible a la etapa de desarrollo y suficientemente flexible para permitir la reevaluación. No existe una ponderación universal que determine cuánto pesa lo físico, lo técnico, lo cognitivo-perceptivo o lo psicosocial en todas las disciplinas y edades. El talento, entonces, no es una etiqueta. Es una trayectoria.
Y quizás ese sea el cambio cultural que necesitamos impulsar en nuestro deporte, pasar de una lógica de “seleccionar ganadores” a una lógica de “crear condiciones para que el potencial pueda desarrollarse”. Porque cuando observamos únicamente quién es el mejor hoy, corremos el riesgo de premiar el presente y perder el futuro.
En cambio, cuando observamos la capacidad de aprender, progresar, adaptarse y desarrollarse dentro de un entorno adecuado, ampliamos nuestra posibilidad de encontrar deportistas que todavía no han mostrado todo lo que pueden llegar a ser.
El desafío, finalmente, no consiste solamente en encontrar talento. Consiste en aprender a reconocerlo antes de que sea demasiado evidente, acompañarlo cuando todavía está en construcción y no cerrar una trayectoria deportiva simplemente porque una fotografía del presente no mostró todo su potencial.
En el deporte, como en la vida, no siempre el que está adelante hoy es quien llegará más lejos mañana.













