Lo que iba a ser una columna de alegría y análisis del fútbol desplegado por las escuadras del Mundial Sub-20, debe comenzar, lamentablemente, con una crítica y un llamado de atención. Estos espacios, además de ser analíticos e informativos, deben necesariamente constituirse en la voz de quienes no pueden expresarla o, pudiendo hacerlo, no cuentan con la posibilidad de difundirla en un medio de comunicación.
En efecto, soy –como muchos talquinos– de aquellos que adquirió el abono para el Mundial Sub-20, creyendo que sería la única forma de acceder a las entradas y que no existiría público en otros sectores del estadio. Sin embargo, grande fue mi sorpresa cuando, en el debut, el sector destinado a “la tribuna para los hinchas de Rangers” estaba vacío y solo ocupado por un puñado de personas –quién sabe quiénes serían, aunque probablemente se trataba de políticos y sus amigos–. Por esta razón, muchos de nosotros hemos debido soportar el sol de frente, considerando que los partidos se juegan a partir de las 17:00 horas, además de enfrentar serias dificultades para adquirir algo tan básico como una bebida que nos permita hidratarnos.
Las complicaciones han sido varias:
Imposibilidad de ingresar con botellas de agua o alimentos.
Existencia de un único punto de venta de bebidas y comida, atendido apenas por cuatro personas y con un sistema de dos filas por una razón inexplicable, lo que entorpece y enlentece el proceso.
Sin perjuicio de ello, en la jornada 2 se instalaron unos pocos puntos más, pero con la misma dificultad.
Cada fila, por si fuera poco, concentra a cientos de personas.
Todo esto provoca que la experiencia, que debiera ser de jolgorio y celebración futbolera, termine convirtiéndose en momentos tediosos y estresantes para quienes asistimos al estadio. Sobre todo para adultos mayores y gente adulta, quienes he visto con cara de fastidio y enojo por tener que hacer una interminable fila, muchas veces perdiéndose por esta razón gran parte de los partidos.
En lo estrictamente futbolístico, se ha observado un gran nivel, con selecciones muy interesantes. Destacó la conciencia y disciplina táctica de una Noruega a la que cuesta mucho convertirle goles, donde sobresale su número 10, Sondre Granaas, como uno de los mejores jugadores que se han visto en pastos talquinos. Colombia, en cambio, mostró buenos elementos, pero no ha mostrado una identidad clara de juego, careciendo, en consecuencia, de sorpresa y asociación; aun así, brillaron Perea (9), Jordan Barrera (14) y el talentoso defensa central Mosquera (15).
Nigeria se presentó con ímpetu ofensivo y talento individual, principalmente en su número 17, Maigana, y en Suleiman (7), además de la experiencia y oficio de Bameyi (6), jugador no exento de polémicas fuera de la cancha. Finalmente, Arabia dejó una grata impresión: en lo ofensivo-colectivo fue de lo mejor que se ha visto, mereció mucho más, pero no logró concretar un triunfo. En ese equipo destacaron los pequeños números 10 y 7, y el incansable delantero centro número 20.
Como se aprecia, este Mundial Sub-20 ha generado comentarios tanto dentro como fuera de la cancha. Llama poderosamente la atención el criterio de la organización y la forma en que se han tomado decisiones. Sin embargo, no se puede dejar de resaltar el nivel de las selecciones que hemos presenciado.
Estoy seguro de que muchos de estos jugadores, más temprano que tarde, estarán en la alta competencia, y podremos decir con orgullo: “a este lo vi en el Fiscal”.














