En mayo de 2025, Cali, Colombia volvió a brillar con luz propia. La capital vallecaucana, conocida como la sucursal del cielo, fue el escenario de uno de los eventos más significativos del ciclo paralímpico: el Grand Prix de Para Atletismo, un encuentro que reunió a cerca de 250 súper deportistas de 18 países del continente, incluyendo para atletas neutrales avalados por el Comité Paralímpico Internacional.
Durante varios días, el Estadio Internacional Pedro Grajales se convirtió en un templo del esfuerzo humano. Allí no solo se midieron fuerzas y marcas. Se cruzaron historias de vida, resiliencia y sueños en movimiento. Cada atleta que pisó la pista, lo hizo con una convicción férrea, demostrando que el Para Atletismo no es solo competencia: es valentía, es corazón, es espíritu puro en estado competitivo.
Estos deportistas no conocen límites. Muchos de ellos cuentan con un palmarés envidiable, con presencia en Juegos Paralímpicos y mundiales, pero lo que más impresiona no es su historial, sino la pasión desbordante, el tesón y el empeño con que enfrentan cada prueba. Verlos competir es emocionante en lo más profundo. Es enfrentarse cara a cara con la verdadera esencia del deporte.
Y cuando el nivel de los atletas es altísimo, la organización debe estar a la altura. Cali no defraudó. Desde la llegada al aeropuerto hasta el cierre del evento, todo fue impecable. Zonas de Fan Fest, entrega de laureles, transmisión en televisión e internet, atención médica constante, premiación especial para quienes batieron récords del mundo… cada detalle pensado para que la experiencia fuera inolvidable. Porque un evento de esta magnitud no se improvisa, se planifica con excelencia.
Detrás del éxito, hubo un gran equipo humano. Un total de 75 oficiales técnicos nacionales —50 de ellos provenientes de distintos puntos de Colombia y 25 de países hermanos como México, Nicaragua, Puerto Rico, Ecuador, Brasil, Perú, Argentina y Chile— fueron los responsables del juzgamiento, junto a Oficiales Técnicos Internacionales designados por World Para Athletics (WPA).
A ellos se sumó un equipo de voluntarios y personal de protocolo que, con profesionalismo y calidez, dotaron al evento de una atmósfera ordenada, respetuosa y profundamente humana.
Atrás quedaron las diferencias de idioma, acento o vocabulario que puedan existir entre las distintas nacionalidades. En Cali prevaleció un solo lenguaje, el de la competencia, el del respeto, el del Para atletismo puro. Porque en la pista se juzga con precisión, con imparcialidad y con el firme compromiso de honrar el esfuerzo de cada atleta. Una forma de diálogo universal donde la equidad es ley y el rendimiento, palabra sagrada.
La colaboración entre el mundo público y privado fue, sin duda, una piedra angular del éxito. Sin este tipo de alianzas, sería impensado alcanzar los altos estándares organizativos y logísticos que exige un Grand Prix de esta envergadura. Cuando las voluntades se alinean, ocurren cosas como esta. Un evento impecable, inclusivo y verdaderamente inolvidable.
En lo deportivo, los resultados fueron impactantes: 4 récords del mundo y 3 récords de las Américas. Desde Chile, nuestra delegación obtuvo cuatro medallas de oro y tres de plata, destacando con fuerza la actuación de atletas de la región del Maule. María Jesús Lara (T47) y Sebastián Martínez (F20) brillaron con luz propia, conquistando el oro en 400 metros planos y lanzamiento de la bala, respectivamente, y batiendo además los récords nacionales de sus categorías. Un orgullo inmenso para todo el país.
Pero más allá de las cifras, lo que queda es el ambiente especial, esa energía única que solo el para atletismo puede generar. Un ambiente cargado de emoción, donde cada salto, cada carrera, cada lanzamiento está impregnado de lucha personal, de historias que inspiran y de una fuerza interior que conmueve.
Cali no solo fue sede, Cali fue hogar. Puso a disposición su infraestructura deportiva, su experiencia organizativa y, sobre todo, el calor humano de su gente. Porque al final, lo que hace grande a un evento no es solo la logística o los resultados, sino la conexión que se genera entre quienes lo viven.
Por eso, hoy más que nunca, la frase que resonó durante esta edición cobra pleno sentido y merece más que un titular:
“Un Grand Prix para la historia y para siempre”.














